sábado, 25 de noviembre de 2017

APADRINA UN LIBRO



Cuando entré por primera vez olía a humedad y a vejez, en el sentido literal de la palabra, aunque hacía ya casi dos años que había muerto la abuela. Los hijos querían vender la casa. Allí sólo quedaba la ruina de años de vida solitaria y huraña tras haber quedado viuda, de no haberle echado apenas dinero para mantener una vivienda que nadie querría habitar cuando muriera. Muebles viejos, que no antiguos, las cuadras en la parte trasera, alacenas repletas de cacharros de cocina que yo recordaba de mi niñez, un baño inhóspito decorado con pequeños azulejos blancos.
En la primera planta se hallaban los cuatro dormitorios donde antaño bullía la vida de siete niños, nada menos. Las camas que habían quedado con sus cabeceros de latón y acabados de bolas metálicas todavía conservaban el interruptor de pera; recuerdo ver en una de las habitaciones un hueco en una pared que hacía las veces de armario empotrado, separado de la pieza por una cortina de plástico con fondo de lunares de color, en su interior el bacín de toda la vida, mantas raídas, una caja de Juegos Reunidos Geyper, algún que otro juguete y cajas de cartón, muchas cajas. Me puse a husmear su contenido y no podía creerlo, allí había un buen montón de libros.
Libros de texto de aritmética, teneduría o problemas de los años 60 y 70 que pertenecieran a sus hijos o a sus nietos; libros de consulta y lecturas,  “Flora”,  Una señora comprometida”, “España es así”, “Don Quijote de la Mancha, lectura para niños”, “El Florido Pensil”, “Patty Hearst y otras piezas de vanguardia”, “El último de los Intocables”, “Almanaque de La Saeta para 1904”, “Guía del cultivador” de 1876 . . .  Algunas novelas en lengua inglesa de la editorial Book Penguin Readers, y entre los autores más actuales encontré a Salvador de Madariaga, Tennessee Williams o Pearl S. Buck. Había una pequeña caja-joyero de madera, con unas iniciales escritas con lápiz en la cara interna, que guardaba varios ejemplares de “Los Cuentos de Saturnino Calleja”.
En las buhardillas los tejados se hundían bajo su propio peso. Todavía quedaban unos puñados de almendras secas sobre unos sacos de esparto y varios pequeños aperos de labranza. Me pregunto si la abuela, cuando todavía vivía en la casa, recordaba que todo aquello estaba allí.
Tuve que decidir si abandonarlo todo a la vorágine del ladrillo o salvar lo que bajo mi humilde entendimiento mereciera la pena. ¿Quién no ha conservado con especial cariño algún libro del colegio, una novela o un cuaderno de dibujo, deseando que sus hijos lo cojan cuando tengan la edad suficiente para experimentar algo parecido a lo que él sintió al abrirlo por primera vez?
Ahora cuento en mi biblioteca con dos ejemplares de “Viento del Este, viento del Oeste” y cuando me acerco a determinada estantería percibo un ligero olor a humedad.

Indalecio Jiménez Fernández (09/01/2017)





domingo, 5 de noviembre de 2017

MALINTZIN, el anhelo de morir


     Hay una bala incrustada en el marco de la puerta sur del ayuntamiento, una puerta descomunal de madera de roble. El orificio pasa inadvertido, pero a quien lo busque le diré que se encuentra a la altura del corazón de una persona adulta.
    Tenía veintitrés años cuando ingresé en la policía. La Jefatura se hallaba en un palacio renacentista sobre el que circulaban numerosas leyendas de fantasmas y aparecidos. No era de extrañar ya que todas las estancias nobles del edificio estaban profusamente adornadas con tapices y grandes cuadros de personajes o hijos ilustres de la ciudad. Amalarico, rey de los visigodos, el emperador Carlos I montando a caballo, Hernán Cortés con cara de amargura, oscuros cuadros de obispos, validos y figuras del Renacimiento español.
     La noche del 1 de noviembre de 1989 me hallaba haciendo la ronda, comprobando puertas y ventanas, encendiendo y apagando mortecinas bombillas incandescentes, ayudado de una linterna cuyas baterías exhalaban su último aliento. A un lado del sótano hubo en su día una cafetería, ahora cerrada. En el otro extremo, el museo de cerámica. Entré y encendí las lámparas, iluminando jarrones, vasijas y lebrillos típicos del lugar. Todo tranquilo. La sala, sin ventanas, presentaba al fondo una mampara de celosía que ocultaba el hueco de una puerta por donde entraba una corriente de aire frío. Armado más de curiosidad que de valor la retiré y, apuntando con la linterna, descubrí otro cuarto que se utilizaba como trastero. Me adentré comprobando que un largo pasillo circundaba subterráneamente toda la planta del palacio. Unos tragaluces a la altura del techo ayudaron a orientarme y supuse que tras el siguiente recodo estaría la parte trasera de la cafetería. A punto estaba de dar media vuelta cuando una débil voz de mujer susurrando «Por favor», me heló la sangre.
Nunca está uno preparado para situaciones como esta. Se me erizó el vello de la nuca mientras sentía un frío intenso que me paralizó. Los latidos del corazón martillaban mis sienes hasta doler. Reaccioné dirigiendo el haz de luz hacia el fondo, desenfundé el viejo revólver como pude y apunté.
     Ayúdeme, por favor.
 A diez metros había una mujer joven, hermosa, vestida con un raro mantón gris de otra época, el pelo negro recogido en una larga trenza y un brillo especial en sus ojos enrojecidos. Estaba llorando.
     ¡¿Qué hace usted aquí?! –le grité intentando ganar tiempo para bajar las pulsaciones.
     Vivo aquí.
   ¿Pero qué dice, señora, si esto es el ayuntamiento? –pensé que era una loca que se habría escondido durante el día.
   Mi nombre es Marina, madre de Martín Cortés, hijo de Don Hernando Cortés, conquistador de México y sus pueblos.
Efectivamente, me confirmaba que estaba rematadamente mal de la cabeza. La linterna emitió sus últimos destellos antes de apagarse definitivamente, dando paso a una extraña luz que parecía emanar de la mujer y que apenas alumbraba la estancia.
     ¿Me está diciendo que es usted la Malinche? –dije, por seguirle el juego.
     No me llame así, por favor. Prefiero Doña Marina, y, pues me reconoce, le contaré por qué llevo más de cuatro siglos como alma en pena en la inmensa oscuridad de estos sótanos. Siendo casi una niña mi padrastro me vendió como esclava, pasando de las manos de un cacique a otro hasta que llegaron los españoles a tierra azteca y terminé como regalo del que sería mi amado y señor, con quien tuve un varón. De todos es conocida mi labor como asesora de Cortés e intérprete entre los pueblos indígenas y el español. Fui una mujer atrapada entre dos culturas y finalmente querida por unos como símbolo del mestizaje, o tristemente odiada por otros como modelo de traición.
Escuchándola hablar fue creciendo en mí la duda de si estaría soñando todo aquello. Yo, que había crecido en el más firme agnosticismo, tenía ante mí una presencia corpórea que resplandecía como un ser espectral y que me estaba dando una clase magnífica de Historia.
     Mas volvamos al asunto que nos ocupa –continuó–. He venido a usted a solicitar su ayuda. En México, cuando muere una persona, ésta seguirá su destino dependiendo de la forma como murió. Como esclava que fui, si hubiera fallecido en sacrificio, habría terminado en el Paraíso del Sol, el Omeyocan, lugar de gozo permanente, y con los años hubiera vuelto al mundo como un ave de plumas multicolores. Otro destino, preferible al martirio en el que me encuentro, era acabar en el Tlalocan, el Paraíso del Dios de la lluvia, lugar de reposo y abundancia, pero no coincidieron las circunstancias. La desgracia se ensañó conmigo al fallecer de viruela, muerte natural, y fui enviada al Mictlán, lugar del Señor de la Muerte, esta oscuridad sin ventanas de la que me es imposible escapar. Terrible injusticia, pues la viruela nos la llevaron los españoles.
     Dígame entonces ¿cómo puedo ayudarle? –un sudor frío mojaba mi espalda.
     Sacrifíqueme… y podré reencarnarme en pájaro. Libéreme de esta condena con un disparo de su arma.
Atónito, asustado, quise echar a correr, di media vuelta y salí de allí. Apagué las luces del museo, cerré la puerta tras de mí y llegando a las escaleras del sótano vi que la aparición estaba allí, llorando junto a la gran puerta de roble. Me miraba tan intensamente a los ojos, tan honda su pena, que supe que lo haría sin dudar. Levanté el revólver, la mano temblando y, compadeciéndola con la mirada, apreté el gatillo.
El zumbido fue ensordecedor y el fogonazo de la pólvora casi me cegó. La mujer había desaparecido. Arriba, en el patio porticado, escuché un revuelo de palomas asustadas. Subí corriendo las escaleras a tiempo para ver cómo se alejaba en la profundidad de la noche un ave solitaria, mientras dejaba tras de sí con cada batir de alas un rastro efímero de llamas verdes, azules, blancas…


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sábado, 21 de octubre de 2017

LA PRIMERA VEZ



            La biblioteca se encontraba en el hueco de las escaleras que conducían a las oficinas centrales del Ayuntamiento, en un cuartucho sin ventanas que había servido para albergar los calabozos donde la policía municipal custodiara en otros tiempos a los maleantes del pueblo. Para acceder había que agacharse sorteando una arcada de piedra y cuidando de no dejarse en el intento la frente u otros elementos anatómicos más elevados.
            La primera vez que entré, llamaron mi atención unas pilas de libros amontonados por el suelo formando pequeños islotes de papel en precario equilibrio. Al fondo se distinguía una mesa larga abarrotada de tomos que semejaban un tenderete de mercadillo con libros de ocasión. Numerosos desconchones en las paredes dejaban al descubierto las capas de encalado acumuladas a lo largo de los años. Busqué maliciosamente en los muros dibujos carcelarios y restos de frases del tipo “Libertad sin cadenas” o “Haquí estubo el Bizco”, con fechas que delataran el paso de sus autores por el hotelito. Como única decoración, resaltaban unos ajados pósteres de Turismo de España de los años sesenta que promocionaban las casas colgantes de Cuenca y un paisaje con molinos del Campo de Criptana.
            Allí conocí a Beatriz, cual náufraga superviviente de un desastre recién acaecido, en medio de aquel triste cubículo donde habían instalado la biblioteca. Envuelta por una vorágine de libros, enciclopedias y cajas de cartón sin abrir, clasificando antiguos y polvorientos ejemplares encuadernados en tapas duras de lomos descoloridos que contrastaban con el moreno de sus brazos desnudos. Lucía una abundante melena de pelo negro, zaíno, recogido en una descuidada coleta que parecía estar misteriosamente sujeta por un lápiz. De una insultante lozanía, el rostro ovalado, unos ojos marrones de mirada alegre y la sonrisa radiante, le calculé poco más de veinte años, la mejor edad de la vida. 

Tan embobado estaba en su contemplación que tardé unos segundos en responder a su saludo. Cuando le pregunté por Tuareg, la obra de Alberto Vázquez-Figueroa que me habían recomendado, se puso inmediatamente a buscarla entre aquel totum revolutum. Pensé que tardaría una eternidad en encontrarla, y deseé que así fuera por dilatar el momento todo lo posible, pero en menos de un minuto dio con el libro en sus manos y con mis ilusiones por los suelos.
La novela, que tan magistralmente narraba el tinerfeño, fluyó ante mis ojos como arena entre los dedos de la mano. Nunca imaginé que un desierto aportara argumento creativo suficiente para escribir más de una página. A los dieciséis años descubrí mi primer libro, y mi gran amor platónico, una Victoria alada surgida de los libros de Historia, la perfección personificada con el rostro de Beatriz. El tiempo me enseñaría que las primeras veces en la vida suelen ser breves, pero inolvidables.
Volví a verla dos días después. Me dejé conducir por su experiencia y fui conociendo grandes títulos de Blasco Ibáñez, Galdós, Hermann Hesse o Torrente Ballester. Durante aquellos meses de expediciones bibliotecarias, cada vez más frecuentes debido en parte a mi incipiente afición por la lectura, y por otro lado por razones obvias inherentes a la adolescencia, supe que había estado perdiendo el tiempo con los amigos intentando reconquistar los pueblos vecinos, mientras castigaba la salud fumando pasivamente en oscuros y lúgubres pubs y discotecas de verano.
Iniciar mi propia librería partiendo desde la nada más absoluta no fue tarea fácil en un hogar donde no había más textos que los escolares. Una pequeña estantería del dormitorio que compartía con mis hermanos sirvió para la modesta inauguración cultural, donde los fui ubicando como valiosos trofeos. Compraba ofertas de lanzamiento en quioscos, novelas de Saramago, Sartre, García Márquez, Kafka, Camus… Pequeños tesoros imprescindibles que fui encontrando y releyendo gustosamente con los años, historias que desapercibidamente me iban dejando su huella, imperceptiblemente pero definitiva, como las cicatrices que el viento va esculpiendo en la roca con cada minúsculo grano de arena. El viejo y el mar, La sonrisa etrusca, El principito, 1984, La madre, Viento del Este…

Fui llamado a filas en tierras norteafricanas, descubriendo con sorpresa que en aquel lugar, poco menos que el averno de Dante que yo había demonizado tras la lectura de La ciudad y los perros de Vargas Llosa, como decía, descubrí que el cuartel de Ceuta contaba con una modesta biblioteca donde pasé numerosas tardes con Delibes, con Antonio Gala, Muñoz Molina o Pérez-Reverte.
Cuando regresé al pueblo me dijeron que habían trasladado la biblioteca desde el cuartucho lóbrego que fuera encierro de delincuentes, al nuevo Centro Cultural de la Villa. Cuando fui a ver el nuevo edificio y comprobé que también habían cambiado a Beatriz por un funcionario entrado en años, medio calvo y con gafas de culo de vaso, me sentí vilmente estafado. Mandé a tomar viento el autocontrol montando una rabieta infantil hacia el impostor, cantándole mentalmente aquel estribillo de ¡gafitas cuatro ojos, capitán de los piojos!
Unas semanas después encontré a mi amada en un corredor del Ayuntamiento. Su presencia y su sonrisa acogedoras me hicieron olvidar de un plumazo toda mi ira hacia su colega. Cruzamos un breve intercambio de opiniones y consejos literarios y al poco tiempo, muy a mi pesar y no sin antes recomendarme la lectura de Juan Salvador Gaviota, se despidió, desapareciendo para siempre tras una puerta de cristal esmerilado en cuyo dintel podía leerse en pequeños caracteres de madera ÁREA DE CULTURA.

Desperté y comprendí que Beatriz había sido una quimera inalcanzable para mí, debido a mi inexperiencia como caballero andante y sobre todo a mi timidez casi enfermiza con las mujeres. Amargamente aprendí que las lecturas de la edad temprana habían ido moldeando un pensamiento aún amorfo e incapaz de escoger su propio camino. Cada libro, cada historia contada, tienen una edad irrepetible, una fecha de consumo preferente, un momento ideal de nuestra vida para agarrarlo entre las manos y deleitarse con su lectura. Al fin y al cabo, y recordando a Borges, somos lo que leemos, ¿no?


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(17/04/2017)

jueves, 19 de octubre de 2017

LA MEMORIA


1934
La Huelga General campesina hubiera pasado sin pena ni gloria por la historia de Torreperogil de no haber sido por los tristes acontecimientos ocurridos el jueves 7 de junio en los cortijos de «Pocohumo»  y  «Las Pérez», distantes a escasos quinientos metros uno del otro y separados por una verde siembra de cereal. Dos braceros fueron asesinados por no apoyar la huelga del campo.
En los meses previos algunos periódicos, partidos políticos y sindicatos ya se habían encargado de calentar el ambiente social, teniendo como trasfondo la situación de precariedad laboral y pobreza generalizada que se sufría en el mundo rural. Hay quien piensa que las movilizaciones convocadas durante aquellos días fueron la escusa o el aperitivo de lo que se estaba gestando para el otoño próximo en Asturias y otras regiones del territorio nacional. El caso es que el malestar generado encontró buen caldo de cultivo en toda Andalucía y en municipios como Torreperogil, villa reivindicativa por tradición, se pusieron manos a la obra.
Aquella mañana José Hurtado madrugó como un día cualquiera, aparejó la mula y se dispuso a caminar la escasa legua que le separaba del tajo, bajando por el camino de piedras que descendía sinuoso entre viñas y almendros, hasta alcanzar las primeras estacas del olivar del cortijo de «Pocohumo» que tenía arrendadas a sus propietarios. Eran gentes importantes de Sevilla que se hacían ver por estos lares dos veces al año, una por carnaval para ajustar las cuentas del negocio y la otra en septiembre para las fiestas patronales de San Gregorio.
No fue José el único campesino que tuvo que decidir entre secundar la huelga o echar otro largo y duro día de trabajo por cuatro cuartos. Los jornaleros de la agricultura, siempre la eterna cenicienta de los salarios.
Por el camino viejo de Cazorla bajaron del pueblo numerosos piquetes, en número cercano a trescientos, más allá de las obras de la línea ferroviaria Baeza-Utiel. Alcanzaron estos cortijos, los rodearon y tras prender fuego a una finca aledaña  se produjo un intercambio de disparos resultando muertos dos de los labradores que estaban trabajando aquel fatídico día.
            Hubo otros heridos, entre ellos un guardia civil perteneciente al retén que al efecto se encontraba en «Las Pérez» en previsión de cualquier altercado que pudiera producirse pero desde la Comandancia de Jaén no evaluaron suficientemente el alcance que podría tener la convocatoria de huelga en algunos pueblos y se vieron desbordados por el número de manifestantes, siéndoles imposible arrestar a los culpables de los crímenes.
José tenía mujer y dos hijos.

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1939
-                 ¡Domingo, te están buscando!
Cuatro palabras que le paralizaron, un escalofrío en la nuca, el vello erizado de sus brazos desnudos. Nunca como en ese momento se había sentido tan unido al terreno de la pequeña parcela que tenía en el corral de su casa, de la que a duras penas sacaba unos alcarciles, ajos, cebollas, unos tomates y poco más. Parecía haber echado raíces al suelo, levantó la vista de la tierra reseca y fijó su mirada en la valla de ladrillo que separaba su huerta de la fábrica de baldosas, observando el punto de donde había salido la advertencia de una voz conocida, aunque sabía de antemano que allí no vería a nadie. Se quedó inmóvil una eternidad, o eso le pareció a él, un tiempo precioso y necesario. El perro se había acercado inmediatamente a su lado y permanecía tenso, las orejas firmes y con la mirada clavada en la blanca pared de la fábrica.
Por fin reaccionó, dejó la azada en el suelo y se dirigió al primer patio empedrado, donde tenía una zahúrda, la cocina y el pequeño cuarto de ducha en el que entró y se echó unos puñados de agua en la cara, como si acabara de levantarse de dormir y quisiera terminar de despertar de un mal sueño. Empezó a recorrer la casa de una habitación a otra. En una talega metió un mendrugo de pan, chorizo, un trozo de queso y su navaja. Saliendo por el portal agarró la chaqueta y antes de abrir la puerta de madera para salir a la calle, apoyó el oído para escuchar: nada, no se oía nada, nadie en la calle, sólo un doloroso silencio y los latidos de su corazón. No podía pensar, tenía que salir de allí, huir.
Justo cuando se disponía a abrir el cerrojo vio que el perro se había plantado en medio del portal, gimiendo y mirándole firmemente. En el último instante se arrepintió y volvió otra vez al huerto, saltó sobre el montón de tejas que tenía apiladas contra la pared, junto a la higuera, y se encaramó a la valla. Se sentó a caballo en la tapia y volviéndose hacia el perro, que parecía estar esperando la invitación de su dueño, le dijo “vamos” y tras una breve carrera dio un salto y lo tenía en sus manos. Entre la fachada trasera de la fábrica y los corrales de las viviendas lindantes habían dejado un estrecho pasillo que servía para desaguar los tejados de la nave. Allí se dejó caer y levantando las manos hacia su fiel compañero, éste se lanzó a él sin pensarlo.
Echaron  a correr por el pasadizo en busca de la salida a las últimas casas del pueblo, que desembocaba en un terreno donde se recogían los vertidos lechosos de la producción de baldosas. Dos bestias trabadas rumiaban impasibles el rastrojo y a lo lejos subía un rebaño de cabras por el camino de San Marcos. Tenían que atravesar las viñas sin correr para no llamar la atención, al paso que acostumbraba llevar cada vez que salía al campo. Después de unos dilatados minutos llegaron a la primera finca repleta de almendros con una casilla para los aperos, sintiendo que cada árbol que dejaban atrás les iba cubriendo las espaldas, uno tras otro. Subieron zigzagueando por el camino de la Cruz de los Panaderos hasta que empezaron a bordear la loma entre los primeros olivares dejando atrás el lavadero del Cerro, tan cercano a la carretera que llevaba a Úbeda. Ya no se veía el pueblo, sólo un mar de olivos.
Siempre supo que tarde o temprano vendrían a por él pero nunca se preocupó de buscar una escapatoria, como si lo hubiese dejado todo en manos del destino. No sabía a dónde ir, dónde esconderse. Pensó que tal vez estaría seguro en el refugio de piedra que tenía en el olivar de la Cañada del Armero y hacia allí encaminó sus pasos.

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2017
       ¿Quién sabe?, incluso cabe la descabellada posibilidad de que mi abuelo matara al tuyo. Perdona que sea tan cruel en la expresión pero es que hay tan poca información al respecto y la que he encontrado en internet se contradice en las fechas y hasta en el número de muertos que hubo aquel día. Es como si los principales implicados hubieran querido olvidarlo y pasar página.
       Tampoco creo que hubiera mucha gente entonces que supiera escribir para dejarlo en papel. Y algunos de los que sabían o no pudieron o no les interesó hacerlo.
       Mi padre nació unos meses antes de la Huelga y la Revolución de octubre del 34 y cuando le menciono cualquier hecho político o social relacionado con su infancia, no quiere oír hablar de ello. Me dice que si es que queremos desenterrar a los muertos, que los dejemos descansar allí donde estén.
       Pues tampoco es eso, porque a mi abuelo José lo mataron de un tiro en la cabeza y el que lo hizo quedó impune. No creo que hicieran mucho por detenerlo porque no entiendo cómo siendo el alcalde de derechas no movió Roma con Santiago para dar con él. Aquello debió ser algo parecido a Fuenteovejuna, el de todos a una. Y no creo que lo asesinaran por esquirol, como gusta ahora llamar al que ejerce su derecho al trabajo, sino porque era falangista. Que también hay que ser tonto, y que me perdone el pobre, para simpatizar o militar en un partido de derechas en un pueblo como La Torre. Aquello sí que era tener ideales políticos, no como ahora.
       También he conseguido descargar el Libro de la Memoria Histórica de Jaén, y ahí aparece mi abuelo Domingo con el texto “agricultor de 39 años, muerto el 6 de diciembre de 1939 en la cárcel de Úbeda”.  Mi abuela, la pobre, siempre decía que su marido no tuvo nada que ver con lo que pasó en el cortijo de «Pocohumo», que se la estuvieron guardando hasta que entraron los otros y que lo fusilaron por ser sindicalista. Había estado tantos años llorando a su marido que casi se le habían acabado las lágrimas. ¡Pero qué amargas las que le quedaban!  Ponte en su lugar, viuda a los treinta y tantos años con tres hijas pequeñas a las que criar, marcada socialmente por una ideología y con una posguerra por delante.
       Hay que vivirlo para hacerse una pequeña idea. ¡Pues mira qué curiosos los caminos del Señor!, nuestros abuelos matándose entre ellos por unas ideas que hoy ya nadie comprende y ahora sus nietos hemos terminado casándonos. ¡Si hubieran vivido para verlo!
       A veces cuando me cruzo con un mayor por la calle pienso en los secretos que guardará cada uno en su cabeza o los que habrá querido olvidar voluntariamente o por  necesidad. ¿No crees que todavía quedará algún que otro inocente abuelito de los que vemos paseando por el parque o los que envejecen en las residencias, que haya tenido su pizca de protagonismo en los episodios más tristes de nuestro pasado reciente?
       Puede que tengas razón. Aunque lo que más me preocupa y me pone los pelos de punta es que algunos de los pasajes descritos en los libros sobre el ambiente previo a la guerra civil me recuerda terriblemente al que estamos viviendo desde hace unos años hasta hoy. Sólo faltan las bandas de pistoleros descontrolados matando enemigos por las calles y al día siguiente la venganza que llega del otro bando. Se repite la eterna dicotomía entre el bien y el mal, las derechas y las izquierdas, rojos y fachas, y algunos políticos insensatos empeñados en seguir echando leña al fuego, en hacernos creer que el reloj de la Historia se paró y que seguimos amarrados al pasado, porque esos políticos viven de sembrar el miedo ajeno y les interesa mantener la tensión, es su razón de existir…
       ¿Qué, nos tomamos otra cerveza antes de ir a recoger a las niñas?
       ¡Venga!, una rápida y nos vamos.
       Qué difícil educar a los hijos para que aprendan a pensar libremente, que sepan discernir lo que está bien de lo que no, para que no permitan que nadie borre ni altere la memoria de lo ocurrido. Es bueno recordar, aprender de los errores del pasado, pero dejando siempre de lado el odio y la envidia.
       Y por supuesto que no permitan que lo sucedido caiga en el saco del olvido para no vernos obligados a repetir la Historia.
  
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(03/02/2017)

jueves, 5 de octubre de 2017

LA UTOPÍA CATALANA


<< Toda revolución se evapora y deja atrás sólo el limo de una nueva burocracia>>
(Franz Kafka)




El pasado 6 de septiembre fuimos testigos de un autogolpe de estado en el Parlamento de Cataluña, saltándose la legalidad de su propio Estatuto. Como la balsa de piedra a la deriva de José Saramago, flotando sin rumbo en medio del océano, así empujan los separatistas a la mayoría de ciudadanos de Cataluña. Referéndum, sí o sí. Independencia, sí o sí. Usando el vocablo tan en boca de la izquierda, y que tanto usé en mi juventud, eso es propio del fascismo.
La obligación de todo Gobierno debiera ser conducir a su pueblo en paz y de la manera más justa posible, al igual que el capitán de un navío tiene que dirigir su barco sorteando los escollos para salvarlo del naufragio.
Tal vez sea hora de deconstruir España, hora de reformar la Constitución y la injusta Ley Electoral, para evitar que las minorías nacionalistas, tan necesarias hasta ahora para el bipartidismo PP-PSOE, secuestren la democracia con sus chantajes. Ahora estos dos partidos esperan o exigen diálogo, el mismo que han negado sistemática y prepotentemente cuando disfrutaban de la mayoría parlamentaria, mientras desde su soberbia iban hipotecando el futuro de todo un país. A buenas horas mangas verdes. Si hoy estuviera entre nosotros Francisco de Goya, pintaría un “Saturno devorado por sus hijos”, carroñeros al acecho del cuerpo exangüe y moribundo, buitres amamantados por la corrupción y la avaricia de algunos políticos. 

texto de alt
Saturno devorando a su hijo
Mandan a nuestros policías, moderna expedición de los diez mil, a defender los principios básicos de la convivencia, pero también a estrellarse contra la masa que desde hace varios decenios viene siendo metódicamente adoctrinada en los colegios para odiar a todo lo que huela a español. Esos policías y guardias civiles han sido enviados al matadero, a una trampa contra la cruzada de los niños de la transición. En la algarada sigo viendo a un insensato parapetado tras su hijo a hombros. ¿Dónde está el defensor del menor? ¿Dónde los crucifixores de aquel torero que salió a la plaza con su niño en brazos?

Tenemos tal exceso de información por la prensa, las televisiones, las redes sociales, que el oficio de periodista ya lo ejerce cualquiera, sin contrastar la noticia, buscando engordar nuestro ego por un puñado de “me gusta” de nuestros seguidores, sin importarnos lo grande que se vaya haciendo la bola de nieve cargada de mentira y odio.
Bueno, pues ya han conseguido un nuevo episodio épico-nacionalista para escribir en su “Història de Catalunya”, con imágenes frescas del opresor español reprimiendo al pueblo soberano catalán, es lo que buscaban, mártires del “Procés”. Aparte de toda la maquinaria propagandística que han necesitado desplegar para conseguir su foto. ¿Quién va a pagar el coste económico de toda esta locura? ¿Quién las multas? ¿Veremos al President limosneando un euro a cada elector como ha hecho recientemente el señor Artur Mas, o como en su día pidió, con mucha más gracia, la Faraona?
En las escuelas se adiestra a nuestros hijos en el nacionalismo regional más absurdo que sólo crea envidias y aumenta la brecha entre Comunidades. Recordemos la novela de Orwell “1984”, una distopía en la que desde el Ministerio de la Verdad se reescribía y falseaba la Historia, cambiando todo aquello que el Gran Hermano estimara oportuno.


Habría que aplicar el artículo 155 de la Constitución Española a los 17 reinos de taifas de esta piel de toro que agoniza, con sus 17 gerifaltes y sus lujos administrativos, centralizar las competencias para que todos los españoles seamos iguales independientemente del territorio en el que vivamos. ¿Cómo es posible que una ambulancia o un médico no atiendan a una persona herida en un accidente porque ha ocurrido fuera de su comunidad autónoma, y sí se preste dicha asistencia a un turista o a un inmigrante (con todos mis respetos hacia éstos)?
Nuestros padres y abuelos emigraron a Cataluña huyendo de la miseria del campo en busca de un futuro mejor para los suyos, a una tierra donde se prometían más oportunidades laborales; y ahora han provocado que algunas familias dejen de hablarse, que amigos o vecinos se enemisten entre ellos o que se insulten, por culpa de los cuatro descerebrados irresponsables que les gobiernan. Han conseguido que la gente tenga miedo a hablar, a decir lo que se piensa. Y no vale decir “esto no va conmigo”, sí que va con todos, afecta tanto a catalanes como al resto de españoles.
Mi querida España, el pueblo que no conoce su Historia está condenado a repetirla. Manos a la obra y no demos lugar a ello.




www.hoyesarte.com

La república de Utopía es una isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro en 1516. El término utopía proviene del griego  “ou  tópos”, que significa “no lugar”, id est, una isla en ningún lugar.


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sábado, 16 de septiembre de 2017

CON LA COMIDA NO SE JUEGA


Fuimos a Lisboa a pasar los primeros días de septiembre con las niñas. Es una ciudad de gente sencilla y acogedora, una ciudad bonita pese a la decadencia de sus edificios revestidos de azulejos. Diríase de Lisboa que es una enorme y sempiterna obra de rehabilitación. Andar por sus calles me transportó a un "Cuéntame" portugués por el que imaginaba a Pessoa o a Saramago caminando por sus aceras de mosaicos de firme irregular, viendo pasar los viejos tranvías de madera y tramando historias sobre los moradores del castillo de San Jorge.
Desayunábamos cada mañana en una coqueta cafetería de época, “Rainha Dona Amélia”, donde nos sentimos casi como en casa gracias a la amabilidad de sus empleados, en especial gracias a una chica que se presentó preguntándonos “¿Español, français, english, deutsch…?” y que desde el primer momento se esforzó por hablarnos en nuestra lengua, ganándose por tanto nuestra simpatía y admiración.
La mala suerte quiso estropearme la mitad de las vacaciones con una intoxicación alimentaria que me hizo visitar el excusado con más asiduidad de lo deseado. Estaba yo, pues, una de esas mañanas, contemplando a mi hija mayor mientras daba buena cuenta de una tortita con fresas y chocolate, cuando vi que entraban al local dos parejas de turistas de mediana edad que, no sé si por su aspecto personal o por su indumentaria, me parecieron también españoles. Catalanes, para más señas, como pude comprobar al escucharles hablar entre ellos cuando ocuparon una mesa cercana a la nuestra.
Su presencia y su parlamento habían pasado a un segundo plano para mí, que vivo en otra ciudad Patrimonio de la Humanidad en cuyas calles, cual moderna Babel, se oyen las lenguas más variadas, hasta que mi subconsciente desconectó el chip que mantenía mi ojo fijo en la tortita con chocolate y mi oído en la conversación con mi esposa, justo en el momento en que la amable camarera se acercó diligente a mis paisanos y éstos comenzaron a pedir en la lengua de Cervantes sus cafés con leche, las tostadas con aceite y unos zumos de naranja, cambiando del catalán al español y dejándome indiscretamente con la duda de si desecharon el inglés por aquello de mejor hacerse entender cuando los estómagos están vacíos, o porque el español es su segunda lengua, de nacimiento o adopción. Y yo con la envidia por no saber ni inglés ni catalán.
Sorprendido pero no extrañado, porque como nos enseñaron nuestras abuelas, y de esto sabían lo suyo, no se juega con las cosas del comer. 


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viernes, 25 de agosto de 2017

Zenda (Amores de Verano) CORINNE, MON AMOUR

Corinne, mon amour

<< Los amores de verano son como una estrella fugaz, una efímera luz de eternidad, que al final terminan desapareciendo >>

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Tras los exámenes finales y las clases medio desiertas algunos profesores del Instituto nos dieron su dirección de correo por si necesitábamos hacerles alguna consulta o queríamos escribirles durante las vacaciones. Una de ellas fue doña Pilar, mi profesora de francés de tercero de bachillerato. Tenía veintiséis años, cara de ángel travieso y una voz tan dulce que cada vez que fruncía los labios para pronunciar las vocales cerradas me temblaban las piernas. También estaba casada, con un militar, aunque a mi edad yo entendía que el estado civil no suponía un obstáculo insalvable para conseguir aquello que uno se propusiera.
Había estado secretamente enamorado de Pilar durante todo el curso, pero mi natural timidez y el peso de unas estrictas normas sociales me impedían siquiera insinuarle mis sentimientos hacia ella.
Los últimos días de junio discurrían monótonos y aburridos hasta que cayó en mis manos una revista juvenil donde leí el anuncio de una chica francesa que deseaba relacionarse por correo con jóvenes españoles para practicar "nuestra idioma". Firmaba Corinne Amorós, 18 años. Aquel anuncio me servía en bandeja la posibilidad de escribir numerosas cartas dirigidas a Corinne, pero pensando en Pilar como destinataria final, a quien se las haría llegar pidiéndole "s'il vous plaît" que revisara mis traducciones al francés antes de enviarlas a la chica francesa que había conocido por correo.
El contenido de las primeras misivas era tan simplón que casi me ruborizaban sus expresiones quinceañeras, pero poco a poco, acuciado por la inexperiencia del principiante, fui redactando ardientes declaraciones de amor inspiradas en el sensual recuerdo de mi profesora. Fui un alumno aplicado durante aquel verano, aprendí conjugaciones verbales inimaginables, inventamos el futuro pluscuamperfecto del verbo amar y repasamos entre tiernas promesas los participios de querer en femenino y masculino.
Aguardaba a diario con impaciencia la llegada del cartero y cuando por fin traía el deseado mensaje, en el que inmediatamente reconocía la caligrafía de Pilar, me metía en mi habitación cerrando la puerta tras de mí, procuraba abrirlo sin romper en exceso el sobre, aspiraba el olor del papel buscando aromas que recordaran su presencia y me deleitaba en la lectura de sus respuestas, que escribía con una letra cuidada y casi desconocida para mí, con los textos ya corregidos. Me parecía estar viéndola sobre la tarima de la clase explicando una lección del "Boul'Mich" con la musicalidad de su acento gabacho. Disfrutaba con ansiedad adolescente las anotaciones que añadía a mis invenciones románticas, me preguntaba por el transcurso de mis vacaciones y terminaba sus cartas enviándome un cariñoso abrazo o un " À bientôt! "
Aunque no correspondidas, fueron toda una declaración de intenciones por mi parte, merced a mi querida amiga imaginaria Corinne.
Septiembre, con el inicio del nuevo curso académico, me hizo poner los pies en el suelo cuando comentaron en el Instituto que doña Pilar se había marchado de la ciudad porque a su marido lo habían trasladado al Norte. En la última carta que recibí de ella me explicaba el motivo del precipitado cambio de destino, se disculpaba por no haberme avisado antes y . . .

" . . . Te deseo mucha suerte con tus estudios y con el amor que has descubierto recientemente. Aunque un pajarito me ha dicho ("mon petit doigt m'a dit...", como decíamos en clase), que aún no has echado al buzón ninguna de las cartas que te devolví corregidas, pero me consta de muy buena tinta, que tu amada Corinne conoce y sabe todo lo que sientes por ella.
Gros bisous, mon chéri. "

Y firmaba la carta con  C. Amorós

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